Crónica, Mujer de Aquí, Relato

Cuando Entró la Bala

Por. Karol Bolaños

Cuando se crece en un hogar lleno de amor en un barrio popular, se piensa que se tiene el abrigo y la protección en la casa. Pero se es consciente que al salir, se trata de sobrevivir porque la lluvía de balas puede aparecer en cualquier momento.

Entonces, un día cualquiera, estás con tus hermanos viendo televisión mañanera y escuchas un estallido, sabes que hay que tirarse al piso, el pánico es monumental.

Es pan de cada día, tienes vecinos con disputas peligrosas que hacen cosas inexplicables y que siempre son buscados por motivos de venganza. Sabes que ante el estallido es ideal estar en el piso. Las balas alcanzan los y las tontas, mientras tanto, los que causan problemas no son tocados.

Después de la conmoción, miras todo, el tiro ha entrado en tu casa, ha pasado por la cortina y ha dejado una marca en la pared. Calculas y te das cuenta que el tiro pudo haberte volado los sesos, porque solo hacía unos minutos estabas ahí parada, hablando por teléfono.

Sales a la calle, miras lo que pasa, el policía delincuente que vive al lado de tu casa dice que estaba persiguiendo a otro delincuente, cuenta su hazaña y los tiros.

Lo miras como lo que es, pura mierda, sabes que fue él, aunque lo niegue. Pero las leyes del barrio son tan injustas que no puedes hacer nada, aunque casi te ha mandado al infierno.

Una se piensa que hace todo por salir del confort mental de la pobreza y la exclusión; suma y resta acciones de valor humano para construir diferente, sueña con un destino menos intimidante, uno donde no toque mirar mal para hacerse un lugar de respeto. Pero entra un tiro en tú casa, sabes que viene ejecutando por un policía, de esos que se juntan con los que dan miedo.

De alguna manera, todo pierde valor y sentido. Esos mismos que han crecido contigo son tan malos como el que pone bombas en el camino que te conduce hacía el lugar de empleo que te permite ganarte un salario para vivir dignamente.

Escuchar el estallido que entra por la ventana abierta, el cual, rompe la cortina y es detenido por la pared que acababas de ver hace unos instantes, te hace pensar que, al estar viendo televisión con tus hermanos cuando pasa eso, lo mínimo es tirarse al piso.

Después de un tiempo, calculas, miras en retroceso, te pudo haber volado los sesos, sólo unos minutos antes y ya no existiría.

En mí recuento de vida, eso es crecer en un barrio popular llamado Mojica, en el Distrito de Aguablanca, en la ciudad de Santiago de Cali.

Muchos y muchas me hablan de sentirse populares, pobres y discriminados. Yo no puedo hacer otra cosa que levantar la ceja, no es por desprecio, sino porque no se si serían capaces de vivir con recuerdos como éstos. Porque para mí, ésto es ser popular en Cali-Colombia. Éstos son los recuerdos que tengo.

Para mí, crecer en Mojica fue importante y valioso, porque me hizo ser una persona muy humana, perseverante, disciplinada, maliciosa, miedosa, respetuosa y valiente. Ésto que pasó, es de esas cosas mínimas que tienen mensajes ocultos que sólo los valientes serían capaces de asumir como aprendizajes. Como tal lo asumí.

La familia llena de amor que busca vivir dignamente ganando su sustento con trabajo, necesita ser protegida; por las leyes comunitarias, por el respeto del reconocimiento y el justo actuar.

Sobrevivir tendría que convertirse en un palabra superada en un país que se impone como reto vivir en paz. Porque ningún niño, niña, joven, mujer o hombre tienen porque seguir sacando espuela ante otro semejante o guardar silencio ante la injusticia.

Vivir sin miedo es idílico, pero posible, porque la mirada tendría que ser suficiente para convocar a la justicia, el perdón e incluso la reconciliación.

Me gustaría, por último, solicitarte un favor a aquellos y aquellas que con la palabra popular y pobre hacen discursos, me gustaría si no es muy atrevido que guarden ciertos silencios y respeto. Pido que dejen de sobredimensionar su sensibilidad ante lo popular y pobre, porque sólo quienes dignamente hemos vivido estás realidades tenemos un único derecho al miedo y la recuperación de la confianza con actos de amor.

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