Cuento, Fantasía, Mujer de Aquí, Relato

Débora y Yoruna

Por. Karol Bolaños

Débora se levanta, enciende la radio y escucha como todas las mañanas las noticias. Pone la olla del café, prepara el colador, ese que concentrará el perfume de la mañana con las notas frescas cuando empiece a pasar el agua caliente por el filtro de tela de algodón que sostiene el grano molido.

Aparentemente es un día cualquiera, las noticias son siempre las mismas, pero con diferentes escenarios. Masacres, desplazamientos forzados, bombas, pobreza, mujeres violentadas por sus cercanos, jóvenes delincuentes por falta de oportunidades, goles, la mejor vestida, la caída en medio de un evento importante, entre otras, muchas más.

Débora resuelve sin hacer la más mínima expresión en su rostro: -¿será que no pasa nada bueno en este jodido mundo?

Después del desayuno, se ducha, lava su cabello con shampoo de menta porque refresca las ideas y lava su cuerpo con jabón de lavanda para equilibrar las energías. Completa con un masaje de aceite de almendras dulces y le añade unas gotas de aceite de palmarosa para mantener la piel suave y el libido satisfecho.

Sale de su casa en busca de un simple objetivo, aunque éste siempre se escabulle. Lo raro es que está ahí, parado en la puerta, como esperando su llegada.

El muy mandingo ha guardado cerveza helada y vino tinto por si acaso. La casa huele a fresco. En el jardín ha preparado un edén con una manta sobre el césped, cojines de muchos colores y una gran sombrilla para refugiarse del sol. Él está fresco, bien perfumado y saluda con picardía.

Ella sabe que no puede abalanzarse sobre él, de hecho, esa simpleza lo haría correr. Así que, Débora decide cambiar de táctica rápidamente. Ella quiere descubrir a ese hombre y necesita ser astuta.

Ella lo saluda sin darle mayor importancia y justo cuando va a continuar su camino, él apresura el paso y la alcanza. Le susurra al oído que la está esperando; de repente, siente todas las fragancias en una y se derrite ante Débora.

El hombre queda en la temperatura adecuada para tomar una cerveza helada. Sin mayor reparo, está vez, se decide a tomarla por la cintura e invitarla a tomar algo en su casa. Ella voltea con desdén y elegancia, lo cual, invita a soñar.

-Está bien. Dice. Luego, se sacude con sutilza y se dirigen a la casa a paso reposado.

Ahora sí, Yoruna se ha prendado, quiere descubrir lo que ha dejado ir siempre. Débora no se inmuta, necesita la seguridad de haberlo atrapado.

Entran a la casa, cierran la puerta que da a la calle y van al jardín. Yoruna trae las cervezas, están heladas y el ambiente cálido. La casa es enorme, con un jardín espectacular y en total privacidad. Nadie los puede ver.

El hombre la invita al edén que ha preparado, se sientan a tomar la cerveza y hablar un poco. Débora lleva un vestido de una sola pieza y de color rojo con muchas flores. Ella necesita ir con calma, así que, pone su cerveza frente a los dos. Hace una pausa y se asegura que Yoruna la vea. Entonces, se acerca a la cerveza dejando ver su escote, es evidente, no lleva sostén y parte de sus senos saludan con primor.

El hombre sigue con una calma simple y sencilla, sólo desea que sea ella la que ponga las reglas. Por eso, decide esperar un poco más.

Entonces, hablan un poco de todo, de repente, él resalta su perfume, le pide que le deje acercarse para sentir de que se trata. Ella se sienta frente a él, abre sus piernas para lograr sostenerse arrodillada mientras deja que sienta su perfume, con rapidez deja ver sus bragas antes de acercarse.

Después de haber logrado una posición cómoda, acerca su cuello hacía su nariz, él la huele y la besa, la besa y la huele. Se acercan y se funden en un beso. Con la confianza de la situación, extiende sus brazos y la toma por la cintura. La acaricia suavemente, la besa y ella se reposa sobre él.

Las mariposas revolotean, las abejas zumban y la suave brisa acaricia sus cuerpos. El vestido de una pieza vuela como mariposa en campo florido. Sólo las bragas adornan el cuerpo de Débora. Ella recuesta a Yoruna y le quita suavemente la ropa.

Débora lo tiene, lo besa como si se calmará su sed, recorre todo su cuerpo con sus labios carnosos y él se revuelca de placer. Luego, con suavidad y pasión la recuesta sobre el cojín, ella lo mira fijamente, es la invitación perfecta a recorrer sus senderos. La besa y la acaricia, la acaricia y la besa. Descubre sus formas, su suavidad y frescura. La humedad del deseo invita a los amantes a fundirse en un momento único y placentero.

Débora se siente saciada e insaciable, lo acaricia con el deseo a flor de piel. Él la besa, la absorbe y atrapa su mirada en cada acto.

Yoruna se detiene en cierto punto, sus dedos acarician y penetran en cada poro de Débora. Su lengua recorre cada milímetro de su cuerpo.

Ella toma el control, lo voltea y lo recuesta sobre el cojín. Él se somete. Ella afina los estribos y toma posesión de su potro salvaje. Lo monta, lo frota y lo absorbe. Son uno. Sus cuerpos conectados actúan como la imaginación les indica, no hay miedo, ni ansiedad, sólo pasión. Sus cuerpos estallan y su alma vuelve al sitio privilegiado del reposo.

Desnudos, toman su cerveza, no dicen nada, no hay promesas, sólo respiran suavemente y esperan a su próximo día.

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