Cuento, Mujer de Aquí

El Atardecer De Lirio

Por. Karol Bolaños

Lirio se sienta cuando llega el atardecer, siempre busca aquella banca ubicada frente a su jardín. Es curiosa, por eso, mira con perplejidad como los pájaros revolotean antes de ir a dormir, se aterra de su actividad antes del reposo, pero el mundo es grande y observa otras cosas que la cautivan.

Las gallinas saludan o quizá se despiden, tal vez, sólo buscan sus últimos granos antes de montar a lo más alto de sus árboles para dormir.

Los insectos se abrigan entre la hierba, no paran de comer si lo necesitan, de todos modos, su entorno es comestible. Unos buscan su refugio y otros emprenden su marcha o vuelo hacia su reconocido ambiente nocturno. Sus sonidos se reducen y se transforman porque anuncian durante el día, tarde y noche los ciclos de la vida.

Lirio mira, escucha y huele. Todo la impregna, la alimenta y tranquiliza. Piensa extasiada que un atardecer puede ser el mejor instante de su día. Y es que a veces los días pueden saturar y los atardeceres descongestionar.

En el horizonte, por allá donde dicen queda el Océano Pacífico, detrás de las montañas que son una pequeña parte de los Andes, empieza el sol a descender y el juego de colores cálidos declaran que el día ha finalizado.

Lirio mira, respira hondo, huele el atardecer, se desinstala de la amargura porque en ese instante todo es dulzura.

El atardecer llega a su fin y la noche sonriente se instala. La música nocturna susurra. Lirio se encoje aunque mantiene firme, se cierra y se protege. El sueño se acomoda y el reposo llega. Finalmente, es real un atardecer siempre suele ser mágico para Lirio.

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