Cuento, Mujer de Aquí, Relato

Un Día Con Neoclides

Neoclides es un hombre modesto, con modestos hábitos. Se levanta muy temprano, mira sus montañas, percibe sus plantas las que siempre se roban palabras dulces de su boca porque no lo critican, saluda su perro con emoción, se baña temprano con agua fría, le gusta sentir el fervor que le dan las suaves gotas que descienden de las montañas. Ya listo sus primeros pasos, se prepara un buen café, le sabe a lo que gusta o quizá se trata de la fidelidad de su paladar, caramelo, dulce caramelo, sofisticado caramelo.

Ya listo para un día más de la vida, mira su pantalla, hay mensajes, noticias y una que otra cosa interesante para compartir. Se piensa que es un hombre de esos que su entorno quiere, respeta y admira. Quizá la frescura de su vida llama la atención. Será la suavidad que siempre está presente en el trato con los demás, su alegría limitada o su vasto conocimiento poco pretencioso. En fin, muchos mensajes, mira los que le interesa y pasa a otras de sus miles de tareas matutinas.

Piensa por un momento y se deja invadir por los recuerdos de tiempos pasados, tiempos inexistentes y sin ninguna capacidad de retomar el viento que se pierde y se confunde.

Le gusta estar con otros, no disfruta estar con otras, le asustan las mujeres. Siempre esperan, le parece que están llenas de pretensiones y necesidades. Le abruman esos deseos y prefiere la distancia. Sin duda, prefiere la solicitud, ésta no espera, no exige y no confunde.

Camina exorbitado entre los surcos recién plantados, hace días que los retoños han empezado a surgir, los alimenta con esmero y dedicación, sabe y se repite que sin un suelo nutrido es imposible que algo crezca sano. Así que toma sus herramientas, sus líquidos mágicos y los deja escurrir en la tierra. Ha sido un día maravilloso, piensa, y se llena de fuerza para continuar diciendo, sin decir, que bonita es la solicitud.

De repente, cuando no hay nadie más que él, su pantalla y una taza de café, enciende un cigarrillo, de esos sin filtro porque tiene menos veneno. Se pierde en el humo sedoso que brota del papel de arroz que mantiene firme el tabaco.

Como cada día, en el camino del humo aparecía la imagen de aquella mujer imposible. Ella venía y se esfumaba. Nunca había pensado en ella, jamás había hecho parte de sus intereses; sin embargo, estaba ahí, se mantenía, sus letras habían penetrado en lo más profundo de su alma y aunque buscaba en las líneas la forma de escapar, más se instalaba en una idea furtiva y pérdida. Era tarde pensaba y era cierto, muy tarde, todo el tiempo inserto en la solicitud lo había alejado de la posibilidad de conocerla, ya no era tiempo, todo había acabado.

Escudriñó en sus apuntes, lo pensó una y otra vez, no la amaba, tampoco la quería, pero la comprendía. Al fin, había entendido que un día ella lo había querido, para ella sola, sin interrupciones y desprecios. Pero había pasado el tiempo y las curas habían llegado a esa mujer que ahora capaz de robarle un instante sin pretenderlo.

Ya iba acabando su cigarrillo, sus pensamientos se habían ido con él y ella ya no existía, su imagen al fin de había borrado.

Finalmente, sonrió y dijo en voz alta: – ¡feliz soledad!

1 comentario en “Un Día Con Neoclides”

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