Cuento, Mujer de Aquí

Lurito y Awa

Lurito había vivido por años con Awa, su alegre compañera de vuelo. Les gustaba volar alto, tomar rocío mañanero al levantarse, comer semillas y frutos en las mañanas, abrigarse durante la lluvia y mantenerse lejos de los seres humanos. Su vida había sido alegre y sencilla.

Sin embargo, los leñadores habían notado sus rutinas y tenían en mente cortar uno de los árboles que alimentaban a los esquivos pájaros. No era personal, pero el jefe pagaba bien por mantener despejado el terreno. Además, la empresa tenía que crecer, los cultivos de olorosas frutas necesitaban un cielo despejado y el permanente abrigo para ser cuidados de las lluvias inclementes. En últimas, su trabajo significaba desarrollo para el poblado y empleo.

Otra era la realidad de Lurito y Awa, poco a poco necesitaban volar más alto y trasladarse a mayores distancias para encontrar alimento. Los riesgos de ser atrapados o asesinados habían aumentado. Aunque existía mayor de cantidad de frutas, era imposible acercarse y peligroso alimentarse de ello.

La cautela y distancia habían sido su forma de vida durante algún tiempo. Pero nada es para siempre, mucho menos cuando el desarrollo apremia.

Lurito y Awa sentían nostalgia por los cambios, soñaban con tiempos pasados en que los bosques aún existían, en que la libertad era sencilla, cuando simplemente dependían de los grandes árboles y la menor cantidad de seres humanos.

Cierto día, Lurito y Awa notaron todo diferente, uno de los lugares que les permitía alimentarse de semillas, tenía menos árboles y en su lugar una gran tienda de campaña se preparaba para abrigar deliciosas frutas incomestibles.

Lo raro era que aún estaba en pie uno de sus fieles compañeros. Alto, robusto y frondoso guardaba en sus ramas las semillas más deliciosas. Lurito lo notó, le pareció extraño, pero Awa tenía mucha hambre. Tanta fue la insistencia de Awa que se posaron temprano para aprovechar el alimento de la época.

En el ir y venir, porque caminan cuando comen, incluso hablan y se ríen; dejaron de pensar en la extrañeza, se deleitaron en el éxtasis de la cosecha de sus semillas preferidas y Awa piso una cuerda que atrapó su pata derecha.

Al instante, Lurito intento ayudarla, pero los hombres aparecieron y lanzaron su dardos para atraparlo. Awa le rogó volar alto y buscar refugio. Él, trataba de esquivar los dardos e intentar liberar a su compañera, pero todo fue en vano, con lágrimas en sus ojos y herido por una piedra, alzó su vuelo y dejo a su amiga para nunca más volverla a ver.

Los años pasaron, se solía ver a Lurito volar de un lado a otro, solo, como pocas veces se puede ver a un pájaro de su especie, puesto que, siempre están con su compañera.

Se había convertido en su ritual pasar anualmente por el lugar de desaparición de Awa, la extrañaba, realmente esperaba volverla a ver.

En su contra, los leñadores habían percibido sus rituales y sabían que siempre volvería. No era personal. El desarrollo requería compromisos. Con mucha dedicación habían preparado algunas formas para atraparlo y aunque por muchos años evadió su trampas. Un día, comió sus semillas preferidas, por algunos segundos olvido la cautela y fue suficiente para ser atrapado.

Ellos cortaron sus alas y con ello su historia de libertad.

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